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Hay que andarse con mucho tiento con los emigrantes. La historia puede dar muchas sorpresas. Hace un siglo venían a Francia latinoamericanos y españoles, y era como si ahora llegaran oceánicos a Sevilla. Se les miraba cuando menos con circunspección. Y a menudo no se les aceptaba. La primera solicitud de visa de un latinoamericano en Francia fue presentada en 1824 por un hijo de españoles, el general José de San Martín, quien cansado de guerras internas en las jóvenes repúblicas quiso, según sus palabras, gozar de las artes y las letras que la capital francesa supo favorecer siempre. La petición le fue denegada y San Martín hubo de establecerse en los suburbios de Bruselas como un sin papeles cualquiera, hasta que la caída de los Borbones, en 1830, le abriera las puertas de Francia. Desde entonces se han sucedido infinitos casos de artistas, intelectuales y dirigentes políticos que buscaron en ella, con más o menos suerte, un lugar de refugio o un ambiente propicio a la creación, como Goya, Unamuno, Van Gohg, Chagall o Modigliani.
El caso más notable en el siglo XX es el de Pablo Picasso. Se estableció en Francia a los veinte años, en 1901, para permanecer en ella hasta su muerte acaecida 72 años después. Al mismo tiempo que encarnaba las vanguardias del arte contemporáneo y la apertura a la estética africana, Picasso mantuvo un gusto irrenunciable por las corridas de toros. Su Guernica – con un toro central -, es el mayor alegato contra nuestra guerra civil, y su manera de hablar el francés con irreductible acento hispánico convirtieron a Picasso en símbolo de la España indomable y eterna. André Malraux consagró en sus libros la imagen de Picasso, ejemplo de la acogida francesa a la creación llegada de todos los rincones del mundo, y hoy es uno de los pocos pintores con museo propio en París. Tenía el carné del Partido comunista francés, y nunca aceptó una invitación a Estados Unidos por considerar indigna la obligación de solicitar una visa. El futuro ministro francés de relaciones exteriores, Roland Dumas, fue el albacea encargado de liquidar los complicados problemas de sucesión y el específico del destino final de su obra más célebre, el ya citado Guernica.
A Picasso no lo llegué lo que se dice conocer, pero sí estuve con él en Mougins, allá por los años sesenta, cuando se celebraba uno de sus numerosos cumpleaños. Me contó la primera exposición de su vida, en A Coruña “en casa de un santre”, precisó.
A 30 años de su muerte y cuando creíamos saberlo todo sobre él, las peripecias de la historia han permitido una revelación inesperada: Picasso solicitó la nacionalidad francesa en abril de 1940, y le fue denegada.
Un especialista del arte cubista, Armand Isral y el ex-secretario de Picasso, Pierre Daix, se aprestan a publicar un libro con muchas enseñanzas: “Pablo Picasso: los expedientes de la Prefectura de Policía,1901-1940”. Se trata del estudio de documentos policiales que la Gestapo trasladó a Berlín cuando Francia fue ocupada por la Alemania nazi. Después de la capitulación alemana de 1945 fueron llevados a Moscú, de donde han regresado lentamente a los archivos de Francia. En ellos consta que la hostilidad policial a Picasso tiene su origen en el informe elaborado en 1901 por la guardiana del edificio del bulevar de Clichy, en que el pintor malagueño – y una pizca coruñes - por entonces residía. La dama no apreciaba su amistad con un anarquista español, el marchante Pere Maach, ni las noches que pasaba en lugares desconocidos sin regresar a su domicilio.
En 1911 se añadirán interrogatorios sobre la oscura historia del robo de estatuillas etruscas del museo del Louvre, que inspiraron su cuadro Las Señoritas de Avignon ( en realidad “Las prostitutas del carrer d’Avignió”, en el que Picasso estuvo implicado y que causaron el encarcelamiento de su amigo, el poeta Guillaume Apollinaire.
Los archivos contienen también documentos matrimoniales, informes sobre el pago de impuestos, denuncias por retirar sus considerables ganancias al extranjero y la relación de sus donaciones a la república española. Pero en él hay pocas informaciones aportadas por los vecinos. “Su carácter arrogante y cerrado ha impedido que sus vecinos lo frecuenten”, comenta un inspector de la policía.
En realidad, adquiriendo la nacionalidad francesa, Picasso trataba de evitar que los franceses lo entregaran a Franco. El resultado es que el informe final recomendaba que se le negara la nacionalidad francesa. Los nazis no lo deportaron a España, país que juró no pisar mientras viviera el dictador. Y Francia no pudo contar entre sus ciudadanos al más grande pintor del siglo.
Moraleja: no sólo los emigrantes son necesarios para la economía de un país, sino que pueden ser chorros de divisas.
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