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La globalización y sus consecuencias

de Carlos Taibo el 30.08.2005

Preguntas sobre el nuevo desorden En el libro "Cien preguntas sobre el nuevo desorden" de Carlos Taibo, se analiza el fenómeno de la globalización neoliberal, al tiempo que se explican las claves fundamentales de las relaciones internacionales contemporáneas. El autor, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, seleccionó cinco preguntas contenidas en la obra y sintetizó las respuestas. ¿Por qué la globalización neoliberal tiene un cariz especulativo? La era de la globalización neoliberal es también la de la primacía de lo financiero, dotado de una creciente y asombrosa autonomía, frente al tipo de desarrollo capitalista, más material, imperante en etapas anteriores. El escenario central ya no son las fábricas, sino las bolsas de valores, y sobran los ejemplos de países en crítica situación en los cuales, sin embargo, las bolsas han experimentado formidables repuntes. Las transacciones de cariz especulativo realizadas en virtud de operaciones de cambio de divisas han experimentado un formidable auge, que ha hecho que alcancen dimensiones 60 veces superiores al volumen de los intercambios comerciales. Han conseguido movilizar, en consecuencia, enormes recursos. En 1995, por ejemplo, y en Estados Unidos, los fondos de inversión, los de pensiones y los propios inversores institucionales pusieron en funcionamiento recursos por valor de 20 billones de dólares, una cifra 10 veces superior a la de tres lustros antes y mayor que la del PIB norteamericano. Los capitales suelen moverse, con rapidez y en grupo, en busca de mercados ventajosos como los que aportaron las economías del oriente asiático o los niveles de precios, muy bajos, en América Latina o en Rusia. El proceso se ha visto amparado por la acción del Fondo Monetario Internacional, que a la postre se encarga de que los capitales se muevan sin trabas. En palabras de Manuel Castells, "el resultado de la globalización financiera es que hemos creado un autómata que está en el corazón de nuestras economías y condiciona nuestras vidas de forma decisiva. La pesadilla de la humanidad, ver que nuestras máquinas se apoderan de nuestro mundo, está a punto de volverse realidad, no en forma de robots que eliminen puestos de trabajo ni de ordenadores que vigilen nuestras vidas, sino de un sistema electrónico de transacciones financieras". Las precarias posibilidades de control de los flujos financieros obligan a concluir que para sus beneficiarios el planeta es un gigantesco paraíso fiscal en el que no tienen que dar explicaciones. Los pocos países que muestran reticencias al respecto parecen condenados, sea porque no se benefician de la vorágine especulativa, sea porque acaban introyectando, aun sin desearlo, los efectos negativos de las crisis inequívocamente asociadas con aquélla. El resultado final es una sorprendente entronización del más salvaje de los capitalismos. ¿Qué sucede con la pobreza en el marco de la globalización neoliberal? La campaña contra el Banco Mundial desarrollada en junio de 2001 retomó un lema significativo: "Nuestro sueño, un mundo sin pobreza". Y es que esta última es una lacra fundamental en la vida del planeta, en estrecha relación con unas desigualdades que han crecido, tanto entre los países ricos y los pobres, como entre las capas ricas y las pobres en el interior de unos y otros. El argumento de que sin la globalización neoliberal todo sería peor, y el paralelo de que el mercado permite el máximo de bienestar para el máximo de individuos, a duras penas se sostiene. En su meollo esconde la primacía absoluta de intereses individuales y la marginación radical de una parte significada de la población del planeta. Pese a que en los cuatro últimos decenios del siglo XX el porcentaje de pobres se ha reducido, el número absoluto de éstos se ha acrecentado, y lo ha hecho además de forma sensible. La desigualdad ha crecido en todos los países del Tercer Mundo, tanto en los presuntamente beneficiados por la globalización como en los que no se cuentan en ese grupo. En 1999, el 20 por ciento más rico de la población mundial corría a cargo del 86 por ciento del consumo, mientras al 20 por ciento más pobre le correspondía un escueto 1,3 por ciento. El patrimonio de las tres fortunas mayores del planeta equivalía al PIB de los 48 países más pobres, mientras el de las 200 personas más ricas alcanzaba un monto semejante al del 41 por ciento de la población. En 1998, 1.200 millones de personas vivían en una condición de pobreza extrema, con menos de un dólar diario, y casi 3.000 millones se veían obligadas a resistir con menos de dos dólares diarios. Las diferencias en términos de ingresos entre el 20 por ciento mejor situado de la población mundial y el 20 por ciento peor emplazado habían crecido, en suma, espectacularmente: eran de 30 a uno en 1960, de 60 a uno en 1990 y de 74 a uno en 1997. ¿Por qué se trasladan al Sur los problemas medioambientales? La lógica neoliberal se asienta en la primacía absoluta que otorga al beneficio. A manera de ilustración de ese hecho, Vandana Shiva ha recordado las reflexiones que Lawrence Summers, economista del Banco Mundial, dedicó a la economía del medio ambiente. Para Summers está justificado transferir al Tercer Mundo las industrias contaminantes, y ello por tres razones. En primer lugar, como los salarios son más bajos en aquél, los costos de la contaminación, provocados ante todo por el número de enfermedades y de muertes, serán más bajos también en los países más pobres. Como quiera que, en segundo término, en buena parte del Tercer Mundo las agresiones medioambientales presentan niveles contenidos, lo suyo es contaminar allí donde menos se ha hecho antes: "Siempre he pensado que África está demasiado poco contaminada; la calidad del aire es probablemente excesiva", afirma Summers. El tercer argumento subraya que, como los pobres son pobres, no cabe esperar que se preocupen por los problemas medioambientales: "La preocupación por un agente que causa una posibilidad entre un millón de contraer cáncer será mucho mayor en un país en el que la gente vive lo bastante como para contraerlo que en otro en el que la mortalidad antes de los cinco años de edad es de 200 por mil". Semejante visión ha invitado a Shiva a concluir que algunos economistas "valoran la vida de forma distinta en el Norte rico y el Sur pobre". A buen seguro que no es preciso agregar que, con arreglo a esta lógica, no hay ningún designio de mejorar el nivel de vida de las gentes llamadas a padecer la exportación de las industrias contaminantes. ¿No es Estados Unidos el mejor ejemplo de Estado "díscolo"? Estados Unidos es el más granado de los ejemplos de Estado "díscolo" o "gamberro" de cuantos pueblan el planeta. Al respecto conviene recordar, por lo pronto, que desde mucho tiempo atrás Estados Unidos se atribuye un unilateral e ilimitado derecho de injerencia. En fecha tan lejana como 1963, Dean Acheson había argumentado que no debía admitirse discusión alguna en lo que respecta al derecho, que asistía a Estados Unidos, a responder ante cualquier circunstancia que pusiese en peligro su poder y prestigio. Treinta años después, el presidente Clinton le recordó a las Naciones Unidas que las reacciones de Estados Unidos tendrían una condición multilateral cuando ello fuera posible, pero no dudarían en buscar otros caminos en caso contrario. El proceder de su sucesor, George W. Bush, en las jornadas siguientes a los atentados del 11-S se ajustó a la perfección al modelo descrito, de la mano, por añadidura, de una inequívoca opción por la violencia. En las declaraciones de los portavoces oficiales no se reveló ningún propósito de recapacitar sobre el pasado, de sopesar las consecuencias de una recalcitrante apuesta por la desigualdad y la injusticia, o de procurar el camino de la negociación y del respeto. Alguna relación guarda lo anterior con un gigantesco aparato mediático que ha permitido describir la petrolizada intervención en el golfo Pérsico, en 1991, como si se tratase de una operación de socorro humanitario. Si la anexión iraquí de Kuwait merecía los adjetivos más severos, éstos se esquivaron, sin embargo, cuando llegó el momento de calificar la invasión de Panamá por Estados Unidos o la ocupación del Líbano meridional por el ejército de Israel. A los ojos de la mayoría de los medios, no conviene recordar que cada mes son 5.000 los niños que, en virtud de un embargo macabro, mueren en los hospitales iraquíes. Pero la cortina mediática de la que hablamos ha impedido, también, que se reflexionase en serio sobre si la política estadounidense de los tres últimos decenios del siglo XX se ha asentado en el firme propósito de erradicar lo que ha dado en llamarse terrorismo islámico o ha servido, muy al contrario, para estimularlo. Los atentados de 2001 han venido a trasladarnos la imagen de que Estados Unidos es una víctima propiciatoria, toda vez que en los seis decenios que median entre Pearl Harbour y el 11-S no habría ocurrido en el planeta nada relevante. Ni existieron Bahía de Cochinos y Vietnam, ni las palabras "agresión" y "terror" pueden aplicarse al comportamiento estadounidense en muchos lugares, ni queda huella alguna de personajes como Begin y Franco, Marcos y Mobutu, Pinochet y Suharto. En las palabras de Chomsky, los crímenes no siempre preocupan, aunque no suceda lo mismo, en cambio, con las desobediencias. ¿Qué grado de independencia corresponde a la ONU? El último decenio del siglo XX se inició con la esperanza de que cobrarían cuerpo unas Naciones Unidas más democráticas e independientes. Pronto se hizo evidente que las cosas no discurrían por ese cauce: los numerosos problemas que despuntaban -focos de tensión entre Estados Unidos y Rusia, potencias regionales eventualmente agresivas, desintegraciones de estados, ratificación de la relación Norte-Sur- apenas recibieron respuesta del lado de la ONU, sometida, además, a una grave crisis presupuestaria. Los vicios de la máxima organización internacional se hacían por momentos evidentes. Incapaz de actuar con eficacia en las situaciones de conflicto, y ello pese a la multiplicación de sus operaciones de mantenimiento de paz, Naciones Unidas desempeñó un papel marginal en procesos como los vinculados con el control de armamentos, con las negociaciones para resolver el contencioso de Palestina o con el encaramiento de las guerras posyugoslavas. Pero la crisis ha sido, por encima de cualquier otra circunstancia, el producto de un fenómeno insorteable: las grandes potencias, y singularmente Estados Unidos, han rechazado con ostentación cualquier proyecto encaminado a gestar un orden internacional más equilibrado en el que tuviesen cabida otros intereses distintos de los propios. De resultas, existe una enorme distancia entre la retórica oficial de la ONU, impregnada de solidarias intenciones e igualitarias demandas, y una práctica real que refleja con alarmante obscenidad las relaciones de poder en el planeta contemporáneo. Ahí está, para ilustrarlo, la pervivencia de un derecho de veto que coloca en posición claramente preeminente a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Significativo es, por lo demás, que las propuestas de reforma no se orienten a abolir semejante prebenda sino, antes bien, a reconocer un derecho parejo a nuevos estados. En los hechos, la historia de Naciones Unidas se ha caracterizado por un permanente fortalecimiento del Consejo de Seguridad en detrimento de la Asamblea General en un escenario de visible debilitamiento de la representación de los países del Tercer Mundo y de enorme fragilidad de las alianzas por éstos perfiladas. Se trata de un esquema semejante al que se ha hecho valer en el marco del "grupo de los siete" y que da cuenta de la clara supremacía de los más poderosos. En el caso de la ONU, esta última se ha revelado también a través de un sinfín de presiones económicas, como las ejercidas por Estados Unidos en virtud del retraso en el pago de sus contribuciones. En 1998, Washington adeudaba 1.700 millones de dólares a Naciones Unidas. Por si poco fuese lo anterior, la ONU se muestra cada vez más dependiente de las grandes empresas transnacionales, cuyos intereses, a cambio, se apresta a menudo a defender. Es significativo, también, que se haya ido desprendiendo de las funciones económicas que parecía llamada a desarrollar. Descapitalizadas, las agencias que guardan relación con estos menesteres desempeñan un papel menor, reducido a la preparación de conferencias y a la emisión de informes de tono más o menos crítico. Resulta muy revelador cómo el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que en principio estuvieron en la órbita de la ONU, han escapado al control de ésta y han acabado en manos de los países más ricos. Otro tanto cabe decir, en suma, del ya mencionado "Grupo de los Siete". Dado este panorama, no puede extrañar que al calor de la ONU, y pese a tantas buenas intenciones, no haya ganado terreno de forma apreciable una genuina globalización de los derechos.


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